El papel histórico de agente de cambio social del mundo de la empresa
El cada vez más poderoso mundo de la empresa está adquiriendo la responsabilidad histórica de convertirse en un auténtico agente de cambio social positivo. Si existen gobiernos corruptos es porque hay empresas que los alimentan. Y también porque hay consumidores que lo consienten, negando la realidad cada vez más revelada y mirando para otro lado: el de su propia cartera.
Cuando en nuestros talleres de DpV preguntamos a los directivos de grandes empresas, después de una propuesta de toma de conciencia y relajación, cuáles deberían ser las reglas del juego que gobernaran el mundo, responden invariablemente valores tales como la solidaridad, la libertad, la paz, la armonía o, incluso, el amor. Lo saben. Sin embargo, los valores corporativos habituales acostumbran a ser palabras tan necesarias pero a la vez tan tópicas y desgastadas como la calidad, el trabajo en equipo o la eficiencia. ¿Son estos valores auténticamente motivadores del sentido de la acción de alto rendimiento en el trabajo? ¿Incluso los lunes por la mañana, momento científicamente comprobado en el que se acumulan los casos de defunción por muerte súbita?
Abrir el espacio de posibilidad del alma, del amor, del equilibrio de valores y del servicio al bien común ha de dejar de ser una utopía en el mundo de la empresa para pasar a ser la esencia de la auténtica revolución empresarial –y global- pendiente. Y lo hemos de impulsar y construir incluso quienes no somos más que aprendices en este terreno.
El mundo de la empresa, reflejo del mundo interno y del nivel de consciencia de sus propietarios y agentes, es cada vez más responsable de la construcción del mundo en que vivimos, con sus avances y sus desastres, por lo que nuestra esperanza de evolución y humanización como especie pasa, en buena parte, por la evolución de dicho nivel de conciencia.
El cada vez más poderoso entorno y liderazgo del mundo de la empresa promueve lo más grande y lo más terrible del ser humano a su paso por el mundo en búsqueda de la felicidad. Desde la tecnología, para comunicarse al instante con nuestros seres queridos a través de los océanos o para haber erradicado definitivamente la viruela del planeta Tierra, hasta las guerras económicas (todas), la indecente corrupción de políticos, el amenazante deterioro del clima o la erosión del paisaje promueve hasta la falta de tiempo para ser plenamente humanos. Como Aristóteles diría: “El exceso de trabajo impide la adecuada contemplación de la belleza y de la verdad”.
El mundo de la empresa tiene cada vez más ética y más poética, aunque a muchos les cueste imaginarlo. Sin embargo, todavía es demasiado prosaico, y necesita dar un enorme salto cualitativo y cuantitativo en estas dos dimensiones humanas. Es su oportunidad histórica como agente de cambio positivo para llegar a construir un mundo plenamente habitable. Como afirma el palentólogo Eudald Carbonell, nuestro cerebro de homínido tiene suficiente volumen para conseguir esta adaptación evolutiva de cara a nuestra supervivencia como especie.
El presente artículo pretende contribuir a impulsar la necesidad actual de que las personas vinculadas al mundo de la empresa: propietarios, directivos, empleados, proveedores, académicos, consultores, publicistas, estudiantes y consumidores, asumamos un papel activo e histórico de agentes de cambio social evolutivo.
Vivimos un momento sociocultural en la Historia dominado con prosaico abuso por los valores de supervivencia y control eficientista del pragmatismo económico-tecnológico en el poder, y no sólo en el mundo de la empresa, sino a nivel del mundo académico, del entorno social y del sistema en general. Tanto es así que podemos llegar a preguntarnos: ¿Pero es que realmente no hay personas sensibles, ética y emocionalmente desarrolladas y valientes, en las cimas de las estructuras organizativas? ¿Qué es lo que está ocurriendo en nuestro sistema capitalista? ¿Por qué disociamos tanto los valores del mundo afectivo y familiar de los valores pragmáticos del mundo de la gestión empresarial? ¿Por qué no existen suficientes líderes y empresas capaces de armonizar la capacidad de realismo pragmático con los ideales “utópicos” del sueño humanista, en el que la persona es un fin y no un mero recurso? ¿Por qué hay tanto miedo a la libertad? Para que un gran sueño se haga realidad, ¿no habrá que tener primero un gran sueño?
El auténtico reto del siglo XXI consiste en saber mantener y mejorar el funcionamiento del sistema productivo, sin generar a su vez pérdidas irreparables en otras dimensiones de valores: pérdidas de tiempo para vivir, de aire limpio y de paisajes naturales, de salud física y emocional, de conciencia social, de relación con la pareja y los hijos, de vínculos de amistad, de identidad cultural, de cortesía. En definitiva, sin que el denominado progreso sea a costa de la pérdida del sentido emocional y ético del trabajo y de la empresa.
Las organizaciones de trabajo convencionales, todavía dirigidas por instrucciones y por objetivos no participativos según el modelo militar, eclesiástico y tecnocrático-maquinal, permanecen cargadas de costosísimas e ineficientes estructuras de control, y están obsesionadas por la eficiencia de resultados y costes a corto plazo, muchas veces a costa de lo que sea, incluso de la felicidad misma de sus propietarios. Están excesivamente disociadas entre números y emociones, y resultan relativamente carentes de sentido para el trabajo sensible, gozoso, cooperativo y libremente creativo de alto rendimiento.
Y todo eso, ¿cómo lo hacemos?
No hay respuestas cerradas: sólo líneas de acción urgente. Hace falta menos ruido, menos miedo y más confianza en nosotros mismos y en los demás, más conciencia y sensibilidad por parte de todos, más formación en metodología axiológica, más herramientas conceptuales y prácticas de cambio cultural, más conversación democrática, más liderazgo participativo, más imaginación, generosidad, humildad, complicidad, alegría e inteligencia práctica, emocional, ética y espiritual. En definitiva, hace falta un poco más de utopía amorosa, no sólo en el poder empresarial, sino en el poder interior de cada uno de nosotros.
Esperemos que la nueva sección de Executive Excelence sobre Responsabilidad Social de la Empresa estimule este debate y muestre experiencias dignas de ser emuladas por su creatividad, sensibilidad, coherencia y valentía, así como por su impacto positivo en la cuenta de resultados y, por supuesto, en la reputación de la empresa.
En todo caso, como propone el eslogan de la Fundación Consultores sin Fronteras: ¡La utopía transforma la realidad!